viernes, 12 de noviembre de 2010

Marrakech

Una escapada a la Tierra de Dios

 La Plaza Jamaa El Fna es el corazón de la ciudad de Marrakech. Foto: Sergio Artiaga

Esa es la traducción en árabe de Marrakech. La Tierra de Dios. Un guiño del destino, pues la ciudad está impregnada del misticismo y las sombras que dejan entrever un pasado de grandeza y riquezas oculto tras cada una de las murallas que la guardan. No en vano, fue una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos. “La Perla del Sur”, como también es llamada, es un lugar que atrapa al turista con alma de viajero, y le hace disfrutar con cada uno de los miles de pequeños detalles que le ofrece durante su estancia.

 A pesar de ser una ciudad turística, Marrakech posee una personalidad arrolladora. Foto: Sergio Artiaga

Lo primero que llamó nuestra atención fue la proximidad del aeropuerto con la medina, la ciudad antigua, punto neurálgico de la urbe y nuestro destino. Algo inusual si tenemos en cuenta que Marrakech sobrepasa el millón y medio de habitantes. Durante el trayecto, uno se va haciendo a la idea de que cruzar la calle como peatón será todo un acto de fe. Quince minutos, y tres o cuatro milagros en forma de motociclistas ilesos después, bajamos del taxi junto a la Plaza des Ferblantiers en plena medina. En esta plaza se puede encontrar los pequeños talleres artesanos dedicados a la forja. Faroles de todos los tamaños y formas dan colorido al lugar. Allí esperaba el “mozo de equipajes” del riad. Subió las maletas a un pequeño remolque que empujó a pulso mientras continuábamos a pie por las estrechas calles “semipeatonales”, puesto que a pesar de ser angostas y estar abarrotadas de turistas y tenderos, las motos y bicicletas circulan por ellas con una destreza que raya lo temerario.

 Puesto de artesanía típico de la Plaza des Flerbantiers. Foto: Sergio Artiaga

Nos hospedamos en el Riad dar More, situado en un derb, un callejón sin salida, a escasos metros de la Plaza Jamaa El Fna. Un riad es una casa típica restaurada a modo de hotel, con su patio y salones comunes, y se encuentran repartidos por toda la medina. Lo que en España sería una casa rural, sólo que en mitad de la ciudad. Si lo que busca el visitante son los grandes hoteles occidentales, como el famosísimo y lujoso La Mamounia, deberá buscarlos en el Gueliz, la zona moderna. Una vez instalados y ubicados en el plano, estábamos listos para la aventura.

El turista debe ir atento a todo lo que tiene a su alrededor. En Marrakech, un leve movimiento de cabeza puede descubrir detalles como este. Foto:Sergio Artiaga

La primera parada es la Plaza Jamaa El Fna. Se trata de una de las plazas más famosas y concurridas del mundo, contando con una característica que la hace única: tiene vida propia. A primera hora no es más que una gran extensión de asfalto, pero con el paso de las horas se va transformando. Primero llegaban vendedores ambulantes acompañados de los encantadores de serpientes. Les siguieron aguadores, limpiadores de zapatos o incluso improvisados dentistas con alicates en mano. Y al caer la noche, todo desapareció para dejar su sitio a un gigantesco restaurante al aire libre, formado por puestos independientes donde se puede cenar barato y bien. Especialmente recomendables son el tajine, la pastilla o el cuscús. No se asusten los de estómago poco aventurero, ya que también se puede comer patatas fritas, sardinas, calamares o berenjenas. Un auténtico festín por 100 dirhams, que son 10 euros al cambio. Sentados en la plaza, hacia el sur, se distingue un majestuoso minarete de aire familiar que preside la plaza. Se trata de la Koutoubia, la mezquita más famosa de la ciudad, en cuya fachada se inspira la Giralda de Sevilla. Es la torre más alta de Marrakech, accesible únicamente para el culto.

Interior de los Jardines Majorelle. Foto: Sergio Artiaga

El clima nos bendijo de igual modo en nuestro segundo día. Lo aprovechamos para ver una panorámica desde el techo descubierto de uno de esos autobuses turísticos. ¿Tópico?, si. ¿Rentable?, mucho. El recorrido te adentra en la zona nueva, lo que debe ser aprovechado para ver los Jardines Majorelle, con plantas que representan los cinco continentes y que perteneció hasta su muerte al diseñador francés Yves Saint Laurent. Un lugar presidido por el silencio que emana paz por los cuatro costados. Y por esos derroteros continúa el trayecto al llegar más tarde a la Menara, un pequeño lago artificial donde la gente pasea tranquilamente, bien a pie o bien en camello por un módico precio.

 La gastronomía de la ciudad no es muy variada, pero cada uno de los platos merece la pena. Fotos: Sergio Artiaga

Por la tarde nos armamos de valor (y de dirhams) para recorrer los distintos zocos de la medina. Y eso, para un pudoroso y torpe “regateador” como yo es una prueba de fuego. Suerte que el idioma no fue un problema porque casi todo el mundo habla español. Sin saber muy bien cómo, me encontré de golpe rodeado de mercaderes y tenderos que me ofrecían desde babuchas, teteras y lámparas de Aladino hasta excursiones por el Atlas a pueblos bereberes, “cigarrillos de la risa” o raíces que hacen la función de la viagra. Aplicamos el consejo que nos dieron en el riad y tratamos de sacar nuestras compras por debajo de la mitad del precio inicial que nos pedían. Unos cedieron finalmente…otros, simplemente reían y nos deseaban suerte.
Si tanto ajetreo llega a abrumar y se necesita un momento de paz, lo mejor es tomarse un descanso en el Café des Épices y disfrutar de las pintorescas vistas de su terraza.

 Uno de los patios del Palacio de Bahía. Foto: Sergio Artiaga

Para nuestra última cena en Marrakech, nos dimos un homenaje en el restaurante Le Tanja y de paso nos reencontramos con una vieja amiga que hace días que no veíamos: la servilleta. Le Tanja es un restaurante muy elegante decorado al estilo árabe. Su carta combina platos típicos con otros más atrevidos. Un servidor pidió cuscús Real con brochetas, pan y bebida, todo amenizado con bailarinas de la danza del vientre. Total: 25 euros.

 Vista panorámica desde la terraza del Café des Épices. Foto: Sergio Artiaga

La mañana de nuestra partida la aprovechamos para realizar una visita de carácter cultural. Vimos de un plumazo el Palacio de Bahía del siglo XIX, antigua residencia del visir, y las tumbas sefardíes. Pero lo que más disfrutamos fue el último paseo hasta el riad para recoger las maletas. En ese instante, se apodera de mí un sentimiento de felicidad por haber “descubierto” esta joya de la humanidad y la certeza de que no dejaré pasar el tiempo hasta volver de nuevo. Olores, sabores, colores… y recuerdos imborrables de los que permanecen para siempre en la memoria. Aún hay mucho por ver en la Tierra de Dios.//

Enlaces
Guía de Marrakech
Historia de Marrakech

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